3.17.2009

Crónica: El charro country que enterró al héroe


Muy buena crónica del concierto, me encanta la parte en que menciona que un par de emos se colaron LOL... hahaha XDD 

SOL VAZQUEZ
 
Aunque atrás quedaron las canciones complejas, las metáforas profundas y los solos de guitarra extensos de aquellas primeras composiciones hechas por el ex vocalista de la desaparecida banda Héroes del Silencio, Enrique Bunbury caló hondo. La noche de su concierto del sábado 14 en el Foro Mundo Imperial, fue una muestra del trabajo individual de un músico y poeta que ofrece una imagen sonora distinta de sí mismo, como lo hizo con la interpretación de las cerca de 14 canciones, la mayoría extraídas del álbum que son parte del Helville De Tour 2009, con el cual promueve este disco en nueve ciudades del país, entre ellas, Acapulco.

Eran apenas las 8 de la noche y las puertas del foro recién se abrían para recibir a la gente que llegaba hasta en taxis colectivos. La venta de playeras, gorras, encendedores y tazas estaba a tope. Uno se acercaba animado para intentar comprar alguna taza para el café o una playera del recuerdo. Lástima. Los precios oscilaban entre los 150 pesos por el tarro y otros 200 por una playera. Era todo un día de salario para cualquier empleado de la industria turística de la zona.

Después de tomar en el lobby un vaso de coca de 25 pesos, de hacer la respectiva acreditación y esperar a que las puertas fueran abiertas, se ingresó al foro para ver cómo las decenas de edecanes conducían a su lugar a los asistentes que pagaron su boleto, lo compraron en reventa o recibieron cortesías. “Los estuvieron regalando en la estación de radio”, dijo una chavita enfundada en pantalones de tubo y playera negra con capucha. Algunos dicen que hubo hasta boletos piratas.

La mayoría eran jóvenes que empezaban o ya estaban en los 20, vestidos casi todos con playeras negras y pantalones de mezclilla, muchos de ellos con sombrero vaquero, emulando la portada del disco del concierto, Hellville de Luxe, aunque tampoco faltó alguno que otro emo, que se mezclaron con los cientos de nostálgicos que esperaban rememorar con alguna canción de sus inicios, con algún Maldito duende o alguna Sirena varada, la voz de la extinta banda Héroes del Silencio.

El tráfico desquiciante por el retraso de las obras en el bulevar de Las Naciones y la falta de orden vial en la Escénica, demoraron la llegada del oriundo de Zaragoza, y el concierto empezó una hora y media después. Allá al fondo, el escenario estaba conformado por una sencilla plataforma roja, enmarcado por unas lámparas cúbicas en serie y dos pantallas gigantes.

Las rechiflas que reclamaban el retraso se hicieron más intensas. El concierto estaba programado para las 9 de la noche. Eran ya las 10 y media de la noche y el ídolo no aparecía. Los coros con su nombre empezaron: “Enrique, Enrique, Enrique”. Entonces las luces se apagaron y las figuras geométricas de las pantallas acompañaron el ingreso de los músicos en el escenario. Los celulares con las cámaras encendidas brillaron como un cielo con estrellas mientras las luces a juego con la batería marcaban la rítmica de su primer canción Club de los imposibles.

Enfundado en sus ya tradicionales pantalones acampanados con aplicaciones plateadas a los costados, lentes oscuros y sombrero vaquero, Bunbury evocaba una mezcla de charro country con sombrero y movimientos provocativos que dirigía tanto a hombres como a mujeres, a quienes arengó en el comienzo con un “¡buenas noches, cabrones!”

Los gritos iniciales de los asistentes se convirtieron en un coro gigante en el que no hubo una canción que la gente no supiera. Los veinteañeros recordaban cada rola ofrecida esa noche en la que fue Bunbury estuvo acompañado por los músicos Alvaro Suite, en la guitarra y mandolina; Jordi Mena, en la guitarra de acompañamiento, el banjo, mandolina, dobro; Roberto Castellanos, en el bajo; Jorge “Rebe” Rebenaque, piano y acordeón y Ramón Gacías, batería y percusión. Casi todos ellos han sido músicos de Nacho Vegas y Jarabe de Palo, pero nada sofisticado. Nada de máquinas en exceso.

El concierto estuvo salpicado de éxitos nuevos y de canciones de sus otros dos trabajos como solista, Pequeño cabaret ambulante y El viaje a ninguna parte. En el transcurso, el español tomó dos veces su guitarra electroacústica y demostró que todavía hay potencia en esa voz entonada y un poderoso feeling. Luego recordó a los que no llegaron al foro: “un hermano o hermana que están tomando una margarita o que todavía no llegan. Nos fastidia que tengamos que pasar por este atasco” en referencia al terrible tráfico que una Escénica que tiene siglos en reparación y que muestra una vez más la incompetencia de las autoridades por ofrecer algo tan simple como una calle para llegar a un concierto. “Pero sólo por eso vamos a compensarlos con el mejor de los shows que podamos y vamos a ofrecerles rock and roll”, mientras comenzó Bujías para el dolor, dedicada a la virgen del Carmen.

Después de tomar agua y dejar la guitarra para tocar Qué tengas suertecita, se cambió la camisa vaquera por una roja, arropado por una estola negra y agregó que la siguiente canción “nos representa un poco a todos, los que cruzamos alguna frontera”, mientras la gente eufórica entonaba El extranjero, donde resalta la propuesta con acordeón y el banjo de Jordi Mena.

Con la introducción en solitario de su guitarra acústica, el español tocó la canción de Alicia (expulsada al país de las maravillas), y regaló a los presentes con un excelente blues de introducción para la pieza Infinito, que para muchos fue considerada como la mejor rola de la noche por los arreglos hechos y la calidad de interpretación.


Ofreció El rescate, en la que los músicos estuvieron muy entregados para pasar a la legendaria Lady blue, y en la que los guitarristas se hincaron mientras ejecutaban sus instrumentos para dar paso a que Bunbury se despidiera por primera vez, pero la gente, eufórica, llamaba al ídolo, “Enrique, Enrique” y el hombre volvió al escenario para recordar su visita a Acapulco en 1997, en el teatro Netzahualcóyotl del Convenciones, cuando pertenecía a Héroes del Silencio.

“Hacía mucho tiempo que no estábamos con ustedes y ahora lo bueno es que podemos venir muchas veces. ¿A quién hay que darle las gracias? ¿A Luis Miguel? A Johnny Weiss Müller? Seguro que aquí hay un gobernador, hay que agradecerle que haya construido este foro que permite que hoy estemos aquí”, y luego empezó con una línea vocal tipo gospel la canción El viento a favor.

Ya medio cansado o medio borracho, el divo se sentó al borde del escenario y compartió un poco de su botella Corralejo con un espectador de la primera fila, para después cantar No me llames cariño y Uno, dos, tres, aunque en el transcurso le lanzaron una tanga negra que recogió y lanzó después lejos de él, para seguir con una canción más.

Ya en la despedida real, el cantante se deslizó a la jagger sobre el escenario tras su canción Al final, y se hincó nuevamente para despedirse y nombrar a los músicos que lo acompañan en este tour. Y como si fuera un telón de teatro, todos ellos se despidieron abrazados, aplaudiendo al público por la entrega y salieron bailando del escenario, dejando con las ganas a esos nostálgicos que al fin pudieron ver de cerca a su héroe de leyenda, pero para quienes La chispa adecuada nunca llegó.

Fuente: La Jornada 

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