7.08.2010

Bunbury y su conexión con Miami


Nueva entrega de Álvaro Suite, guitarrista de Enrique. La historia comienza en Atlanta para acabar en la cuna del 'reggaeton'. ¿Cómo se desenvolverán allí los rockeros?

No estoy seguro de si fue en Uno de los nuestros (Martin Scorsese. 1990) o en El Padrino (Francis Ford Coppola. 1972) donde el guión lleva a los personajes a afincarse en Florida para mantener a salvo sus negocios; o para ampliarlos. No estoy seguro.

Lo que sí sé es que las ganas que tengo de conocer Miami nada tienen que ver con Corrupción en Miami. Ni mucho menos con CSI Miami. Odio esa puta serie.

El caso es que estamos a una hora de llegar, y albergo cierta esperanza de encontrame con algo de calidad, lejos del horror que me supone verme metido en el ambiente Estefan de pantalón de lino blanco, top infame, gafas de italiano, y esa música tan ordinaria que les rodea. Y aunque tengo la impresión de que eso va a ser así, me muero de ganas de llegar.

Ayer en Atlanta tuvimos sesión de entrevista con los muchachos de Los 700g. Están haciendo una mierda muy buena con el documental.

Creo que practican el mismo sistema de trabajo que esos productores que van haciendo premezclas a medida que van grabando las canciones. Pues algo así es lo que me enseñaron. Entrevistaron a Los Santos Inocentes y ahora van detrás de Mamma Jose, de Musti, y de alguno más del crew. Enrique Bunbury fue el primero.

Ellos te pasan un par de montajes del material que llevan hasta hora, buenos de cojones, y luego te preguntan acerca de lo que acabas de ver y otras cuestiones relacionadas con el tema. El primer montaje trata sobre Enrique, su manera de funcionar, sus inquietudes, la forma de trabajar antes y sobre el escenario. El segundo vídeo es enternecedor hasta la lágrima. Además, repito, trabajan muy bien estos mamones.

La música crea un fondo íntimo en el que suceden dos cosas diferentes que dicen lo mismo. Por un lado está el audio que tomaron en los momentos previos a subirnos al escenario, o cuando nos acabamos de bajar de él, o en los breves momentos entre bis y bis.

La imagen es del camerino de Chicago. Vacío. Con los trajes colgados de sus perchas, restos de la cena, maquillaje, toallas, botellas y demás. A cámara lenta.

El montaje resultante es emotivo y de una calidad suprema.

Deja claro que somos una familia y que hemos creado un entorno de trabajo que, más allá de parecer superfluo por ser una banda de rock, refleja que nos queremos y respetamos como hermanos, hijos o padres. No nos lo pasamos todo por el forro. Es curioso como audio e imagen por separados pueden dar una perspectiva tan evidente del asunto.

En Atlanta viví momentos muy personales sobre temas profundos: amor, respeto, música.

La sala donde tocamos se llama El Tabernacle, y es una maravilla en todos los aspectos: varias salas en varias plantas, vieja en esencia pero muy bien conservada y decorada, llena de barras, varios camerinos, billar en uno de ellos, comedor en otro, lavadora y secadora a tu servicio y duchas limpias y grandes (tres). Además, el edificio que la alberga data de 1900, y en sus inicios era una iglesia baptista.

Antes de conocer la sala fuimos a dar el famoso paseo al Museo de la Coca-Cola. Y efectivamente ya habrás adivinado el resultado: una tremenda hez de vacuno. El engaño más absoluto que yo haya padecido en mi puta vida. De juzgado de guardia.

Por momentos tenía ganas de montar un escándalo a tope; agarrar al pardillo del micro por las solapas de su camisa roja, darle un meneo sin dejar de mirarlo, y meterle el micro hasta la campanilla. Qué pandilla de hijos de puta, peseteros, manipuladores y mentirosos.

A ratos pensaba en la fantástica película de uno de mis actores favoritos, Johhny Depp, Charly y la fábrica de chocolate (Tim Burton, 2005), en la que unos pocos agraciados chavalines tienen la oportunidad de ver la fábrica de chocolate más misteriosa del mundo.

Pues si le podemos quitar la inocencia y el surrealismo del asunto, nos quedaremos con algo verdaderamente triste y humillante. Eso es lo que es el jodido Museo de la Coca-Cola.

Como era sábado, tenían montado una especie de mini-Woodstock en el parque central del downtown, que por suerte está a dos cuadras de El Tabernacle. Así que nos dimos un garbeo por el lugar a ver cómo se lo montaban estos atlantinos. Y se lo montan muy bien.

Desparramados por el césped se podía ver todo a tipo de familias felices, policía de esos que son amigos de todos y ayudan a los niños a bajarse del columpio, adolescentes pajareando ante la atenta mirada de sus padres, comida, mucha comida, y un fondo musical proveniente de un escenario que a primera hora de la mañana programaba a una especie de Hannah Montana cantando sobre un karaoke con temas de actualidad.

En fin, una sábado cualquiera en Atlanta.

Entre el puto museo y la estampa cristiana del parque yo me quedo con The Black Crowes. No he dejado de pensar en ellos. Con tantas emociones y tan dispares, me he metido en el camerino a echar unas partiditas de billar y a escuchar música. Esta sala suena de cojones hasta en sus camerinos. Con estas coordenadas, el barco debe llegar a buen puerto esta noche.

Y así ha sido: de nuevo, bolazo. Esta máquina está perfectamente engrasada y lista para zarpar allende los mares. Emoción y electricidad para un aforo que abarrotaba hasta los anfiteatros. Hoy es el día que más yankis he visto de toda la gira. Bailaban con El extranjero como si la entendieran, y trataban de contener la cara de furia con El hombre delgado. En la tercera fila había una chica hindú que no paraba de mirar a Enrique con cara de estupefacción y alegría. Trataba de entender el estribillo de Que tengas suertecita y cantarlo, pero sus labios la ponían en evidencia ante su pareja latina, que no paraba de achucharla para que bailara. Ella, casi inmóvil, y mirando fijamente a Enrique, parecía que hablara con los ángeles. Todo un logro el que hemos conseguido esta noche.

A mí, lo sucedido entre la comunidad no-latina esta noche en Atlanta, me reconforta y me llena de esperanza. Estamos gustando a los que queríamos gustarles. Y lo estamos haciendo con unos conciertos que nos sorprenden y agradan a nosotros mismos y al resto del equipo.

Esta noche es la tercera vez seguida que vienen Andrés, Musti y Nacho, cada uno por su lado y a su manera, a felicitarnos sinceramente. Y eso también te llena. Además, hoy contábamos con un as que siempre es garantía de éxito entre todos los presentes: Irremediablemente cotidiano y el increíble solo final del Rebe. Eso es una máquina de matar en toda regla. Te corta la respiración y te deja clavado en tu sitio, y a la vez tienes la sensación de que te estás moviendo a toda velocidad. ¡Brutal!

Claro, eso el público lo agradece, sin saberlo si quiera, y lo devora en forma de éxtasis.Una orgía de armonías y movimientos comunal que prende a la mínima de cambio.

Ahora mismo sólo deseo que esta gira nos dé más noches como ésta. A ver cómo se presenta Miami. Tengo entendido que esta ciudad se conoce bien en sus playas y en sus discotecas. Y yo no sé si me van a prohibir la entrada a la playa con botas y vaqueros, pero de lo que estoy seguro es que las discos no las voy a pisar ni aunque me pagaran por ello.

Llevamos tres días en los que nos metemos en el autobús antes de las 12 de la noche y viajamos mientras dormimos, nos levantamos en una ciudad, tocamos, al bus, dormir, a veces tresmir, turismo, bolo, bus… Hace tiempo que no vemos un hotel ni tenemos unas horas para destrozarlo. Me la suda.

Voy a darme un garbeo por Miami mientras estos se buscan la vida para ver el partidito del Barcelona-Valladolid, que se ve que es importante.

Coño, acaba de marcar el Barça. ¡Fútbol y rock again!

Yo me voy con Andrés, que acaba de toparse con un doble de Kiz en la sala, y le vamos a preguntar por una tienda de caramelos, que el pavo tiene pinta de goloso. Corrupción en Miami.

Texto: Álvaro Suite
Fuento: RollingStone.es

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